Nos marchamos en lo más hondo de la madrugada. Las calles eran un silencio puro, como pintadas en un cuadro. Sólo el ámbar de un semáforo, coloreaba en destellos tanta soledad. Enseguida perdimos de vista los mitos de la ciudad. La carretera era larga, conducíamos por una lengua oscura que nos engullía buscando el amanecer. Tras unas horas, la silueta de los limoneros se perfiló sobre las claras del día. El aire se volvió más fresco. Junto al camino, unidos en un tobogán de hilos sin fin, los postes de la luz se deslizaban fugaces, como almas inertes antes la ventanilla. Quise contarlos, pero no pude. En algún instante me dormí en ese deseo. Cuando desperté, un toro negro recortado sobre el horizonte, vigilaba atento los caminos del sur.

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