Pájaros de Katmandú

Pájaros de Katmandú

      

        La banderola de oración se desprendió de la cuerda que llegaba hasta lo más alto de la torre.

     -Te apuesto a que la cojo- dijo Rajiv.

     -Y yo, te digo que no- repuso el pequeño Hari entre las piernas de su hermano.

La banderola empezó a caer y, antes de que  pudiera cogerla, un golpe de viento la volvió a elevar por encima de los tejados. Pankaj sonrió ante la escena y, más aún, al ver la cara de fastidio de Rajiv.

     -¡A lo mejor vuela siempre!- exclamó el niño.

     -Siempre no puede volar, no digas bobadas- contestó Rajiv mirando para otro lado.

El pequeño busco una respuesta en la mirada de su hermano.

     -¿A que si que puede?- Pankaj le sonrió mientras le acariciaba la cabeza.

El viento elevó de nuevo el trozo de tela hasta lo más alto de la torre.

     -¿Ves? Te dije que no la cogerías -le dijo de nuevo a Rajiv que fruncia el ceño.

     -Solo es un trapo -contestó el otro de mala gana.

La banderola se perdió de vista entre los tejados.

     -¿Hasta dónde creeís que llegará? -preguntó Brahma, que no había abierto la boca. 

      -Ojalá que más que nosotros- susurró siguiéndola con la mirada.

Por un momento, se quedarón en silencio.

      -¿Qué haces ahora renacuajo? -exclamó Rajiv molesto, al ver al pequeño arrodillarse y juntar la manos rogando:

      Que llegue hasta el mar, que llegue hasta el mar.

     

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